CONDORQUÍDEA
Mi ave milenaria, con sus sienes grises,
levanta su cuello,
y, con mirada de cíclope,
despierta en tu mano.
Con lento y firme vuelo
se desliza entre tu brazo y tu hombro.
Inventa palabras de fuego,
las susurra a tu oído…
Tu rosa profunda, de sienes rubias,
Se abre, infinita, vigorizando al sol,
Y derrama, sobre mí,
A Venus, tallada en lis,
Con aroma exclusivo de flora universal.
Fénix y rosa fundidos,
Rosa lúbrica,
Cuerpos entrelazados,
Música teobólica....
Silencio cómplice y plácido.
Antes de que abrieran las puertas del centro médico ya
Lucely esperaba junto a un grupo de personas.
Un muchacho recostado en un árbol y con un morral a sus espaldas la miró fugazmente y con cierto aire de timidez, pero con el propósito de hacerse notar. Ella se alteró un poco y se pasó la mano derecha por la cabeza, fingiendo acomodarse un mechón de cabello. Aunque la mirada del muchacho la había turbado, guardó la compostura y el recato.
Cuando llegó el momento de entrar, pensó que el muchacho la iba a asediar con mayor persistencia, pero notó que se distraía hablando con un vendedor de frutas. Ingresó y se sumó al grupo de personas que esperaban.
Un rato después, un autobús se detuvo en la parada del centro médico y uno de los pasajeros observó con interés desde una de las ventanillas al muchacho recostado en el árbol y comenzó a hacer conjeturas sobre las circunstancias por las que se mantenía allí. Pensó que a lo mejor no tenía nada que hacer y pasaba las horas viendo transcurrir la vida a su alrededor.
Así discurría el pasajero cuando vio que Lucely terminaba de ajustar la puerta para abandonar la edificación. La observó bajar de lado los cuatro escalones de la entrada principal y acercarse entusiasmada al muchacho. Al parecer le contó un gracioso incidente, que él celebró con una sonrisa. Le pasó el brazo por la cintura, y él por el cuello. El joven sacudió la parte trasera de su pantalón, acomodó el morral con un movimiento de codo y siguieron hablando animadamente hasta que desaparecieron de la escena.
Lewis Morales Bravo
La casa, lugar de asilo,República Independiente del Espíritu,
pequeña zona liberada,
trinchera, concha de ostra,
invernadero.
Si la ciudad, si el vasto y ruidoso detritus urbano,
impide que la vida pase
por tus cauces más secretos
como una fuente clara y profunda,
primigenia y feraz,
cuyo lento y silencioso curso
deje a su paso la más gozosa plenitud,
la casa, lugar de asilo,
retirado jardín de vigas, zócalos y paredes.
Joaquín Mattos Omar
Hay un hombre sentado en una esquina
cualquiera de la ciudad. Ha permanecido allí durante horas y horas. Nadie
advierte, al pasar, su cuerpo recogido. Tal parece que a él eso es lo que menos
le importa: no reclama una mirada, no pronuncia una sola palabra, no tiende la
mano. Simplemente sigue allí, impasible, y hasta se diría que sin ver, sin oír.
Sólo hay un hombre sentado en la esquina. Eso es todo.
Carlos de la Hoz Albor
(Barranquilla, 1966)NOTA DEL DIARIO DE UN VIAJERO
“Mirando el paisaje a través de una ventanilla del vehículo en que viajaba rumbo a una ciudad vecina, donde pasaría ese largo fin de semana, experimenté una inusitada e intensa emoción que me hizo agradecer a la vida por estar vivo y poder disfrutar esa espléndida mañana de agosto.
Encendí un cigarrillo y comencé a aspirarlo con fruición, absorto en ese paisaje que aunque no me era desconocido, esa mañana parecía idílico y daba la impresión de que el mundo había sido creado recientemente, apenas unas horas antes, y la armonía imperaba en todos los seres y en todas las cosas.
Transcurridos unos cuarenta minutos de viaje –lapso durante el cual no se había presentado ningún imprevisto–, nos encontramos en el camino con un autobús de excursionistas que, como es natural en estos casos, iban bebiendo, cantando y palmoteando sin pausa y sin control.
Quizá con la intención de comunicarnos su alegría o contagiarnos su entusiasmo, algunos de ellos nos saludaron levantando la mano y lanzaron varias expresiones de regocijo.
Les respondí con un gesto y una sonrisa amigables, de aprobación y empatía, pues yo también llevaba en el corazón mi propia fiesta.
Minutos después, el autobús de los excursionistas nos sobrepasó en una curva peligrosa –maniobra que a ellos seguramente les pareció audaz y que avivó su ya desbordado entusiasmo, y a mí, en cambio, una imprudencia temeraria–, y se fue alejando a tal velocidad que muy pronto lo perdimos de vista y sólo quedó de él una horrible humareda, un penetrante olor a gasolina y una sensación de incertidumbre.
De pronto y de manera inexplicable, esa entusiasta y fugaz visión de los excursionistas se trocó en mi mente en una visión trágica: se me dio por pensar que en el motor de aquel autobús, recalentado por las largas horas de viaje, había comenzado a producirse un cortocircuito, sin que el imprudente conductor ni los demás ocupantes, entregados como iban al jolgorio, se percataran de lo que estaba ocurriendo. Y, peor aun, sin que yo pudiese hacer nada para prevenirlos de la tragedia que se cernía sobre ellos.
La imagen del autobús incendiándose y explotando espectacularmente más adelante empezó a inquietarme.
Y no dejó de inquietarme durante el resto de ese espléndido día que el destino o alguna deidad malintencionada –envidiosa de la escasa y precaria alegría de los mortales– me había echado a perder bruscamente, sin contemplación, al trocar mi entusiasmo en una visión fatídica y sombría, como un radiante cielo de verano que de repente se cubre de negros nubarrones que presagian una tormenta”.
Álvaro Niebles Niebles






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